jueves, 18 de enero de 2007

Espiritualidad



La espiritualidad es algo muy antiguo. Aunque como concepto sea un poco difuso podemos permitirnos limitarlo de alguna manera. Si definimos al hombre por lo que es, a priori, habremos de prescindir de tal concepto, ya el espíritu es un añadido al cuerpo, cuya única actividad “espiritual”, si queremos llamarla así, es la del pensamiento, lo que nos diferencia de los animales, la razón humana.

La razón, por tanto, es una entidad corpórea, material. Una cualidad del ser en tanto que existente. Pero lo espiritual “en sí”, esto es, aquello que trasciende a la razón, pero que se supone “existente” ha devenido, mayoritariamente, en el concepto de religión, o, si se quiere, de Dios. Y la idea de Dios, para Descartes, se supone intrínseca al ser humano, lo que le da una cualidad de “existente”.

La espiritualidad es una práctica, cotidiana y social, que, de alguna manera, se ha institucionalizado siempre a medida que es aceptada por un grupo social. Dirá el antropólogo Lévi Strauss que salvaje es el que llama a otro salvaje, refiriéndose a la espiritualidad de ciertas tribus cuya vía “trascendente” es el vudú, el espiritismo, los ritos de sacrificio, etc.

Toda la actividad espiritual está dirigida hacia algo trascendente, no humano, que reconoce los límites de lo humano, aceptando la “no razón” como condición para participar de la “razón espiritual”.

Reconocida la razón, existe la búsqueda de lo que se opone a ella, tal vez como intento de salvar o de dar sentido a la vida prosaica y cotidiana de la vida. Pero el origen de este sentimiento radica donde no se sabe, o, al menos, no hay ciencia que identifique los orígenes mismos de ello. Ni siquiera la psicología podrá tratar estos aspectos con la suficiente eficacia. Cualquier diagnóstico podrá ser admitido pero relegado a la causa última de la espiritualidad. La psicología surge, no lo olvidemos, para tratar las llamadas “enfermedades del espíritu”.

Me gustaría, para ejemplificar estas apreciaciones, que no dejan de ser más que meros apuntes, nada definitivos ni definitorios, aludir a la escultura de “El éxtasis de Santa Teresa” de Gianlorenzo Bernini. En esa escultura la espiritualidad queda reflejada en su cumplimiento máximo, el llamado “éxtasis”. Los místicos como Santa Teresa o San Juan de la Cruz reflejaron la religiosidad barroca concebida como unión no sólo espiritual sino físico-erótica con el Ser Supremo de Dios.

En la India Buda nos recordó que la vía suprema de “autoconocimiento” es el “nirvana”. Aquí la idea de Dios gira en torno a la idea de Hombre. El Hombre está en relación con Dios de una manera integradora, donde el Dios o la Energía Vital se manifiesta y está en el Hombre. En el budismo Dios no existe, salvo el Buda, que es quien persigue el “nirvana”. La espiritualidad es el destino del hombre, único fin de su salvación, y este es el punto en común con la mística, y si cabe, con toda la religiosidad.

¿Pero es la religión la verdadera Historia del Espíritu, o también lo es el Arte, en sus múltiples manifestaciones? Es decir, volviendo al ejemplo, ¿puede la escultura de “El éxtasis de Santa Teresa” evocar un sentimiento religioso-espiritual en quien lo ve, trasformándose la propia obra de arte en la forma del éxtasis evocado?

La Historia del Espíritu no es sino la Historia del Hombre. Las “ciencias del espíritu”, según la terminología de Dilthey, o formas espirituales del hombre, son la herramienta idónea para llegar al conocimiento del “espíritu”, esto es, descifrándolo en sus múltiples manifestaciones a lo largo de la Historia, que han podido quedar grabadas en poemas, músicas, catedrales, costumbres, emociones, y toda serie de momentos observables, que den constancia de la existencia de, al menos, la presencia objetiva del espíritu en el hombre. Sólo así la espiritualidad no será una institución, sino una realidad constatada.



(Artículo publicado en el periódico "El Pueblo de Albacete", el jueves 18 de enero de 2007, José Manuel Martínez Sánchez.)

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